05 abril 2010

Diferencias culturales

Después de batallar con la propietaria de su piso para que el alquiler de la plaza de garaje, que pagaba religiosamente todos los meses, fuera añadido al contrato de arrendamiento de su piso, consiguió salirse con la suya. Este sería, pues, el último mes que pagaría en mano (y en negro) y por ello, ir a la gestoría a soltar la gallina le ponía hasta de buen humor.

–Hola, vengo a pagar el alquiler de la plaza y a dejarle el contrato del piso para que añadan la cláusula del garaje.
–Ah, sí. Dime tu nombre y el número del piso.
–Xosé López Arias, 1º D.
–El nombre... ¿qué es, catalán?
–No, no... es gallego.
–Bueno, los apellidos son más españoles que ninguno.

No sé por qué, pero en ese momento el joven inquilino se dio cuenta de que, tarde o temprano, tendría que escribir la conversación porque podía llegar a ser memorable.

–Históricamente, son de origen gallego. Aunque sí, tiene usted razón, se han extendido mucho al resto de España.
–¿Gallegos? Pues suenan españoles. Si además vosotros los del norte sois más españoles que nosotros, que estuvimos con los moros no sé cuántos años.
–Y ahora vuelven a estar por aquí. Y cada vez más, espero.
–Sí, la verdad es que van a echarnos.
–Hombre, tampoco será eso. Vendrán y se quedarán, pero no creo que nos echen.
–Bueno, ya veremos.

Xosé sacó los billetes de su cartera y los contó antes de dárselos al gestor. Cuando comprobó que estaban justos, sacó también el contrato de la cartera y lo puso sobre el mostrador para recordar a lo que había venido.

–Le dejo aquí el contrato, llámenme cuando lo tengan listo.
–Vale, tú déjalo, pero ya te digo que no tengas prisa ninguna. Añadir el alquiler de la plaza es una tontería y podría estar incluso mañana, pero ya te digo que no tengas ninguna prisa. Ya te llamará la dueña cuando lo haga.
–De acuerdo, pues ya me avisarán. Hasta luego.
–Adiós, hombre.

09 marzo 2010

Más cerca de la BBC que de la RAI (¡entre todos!)



Los que me conocéis desde hace tiempo conocéis mi predilección por los medios de comunicación públicos. En casa, en el coche, en el móvil... cuando se trata de conectarme para ver o escuchar informativos y programas, opto siempre por Televisión Española y por Radio Nacional. Hace no sé cuántos años que no escucho la SER (ni sus insoportables anuncios del veinteveintiunoveintidós que tanto me sacaban de mis casillas), muy a pesar de que tengo varios amigos que trabajan para esta empresa. Ya casi no veo Cuatro, laSexta ni CNN+. De hecho, tengo los canales del TDT totalmente desordenados y ni me importa: sé que La 1 está en el número 3 y que el 24h está en el 5, y con eso tengo suficiente.

Si quiero ver Informe semanal, cada domingo me conecto a RTVE.es y lo veo bajo demanda, tirado en la cama y sin depender de los horarios de emisión. La colección de podcasts gratuitos que ofrecen vía iTunes es inmensa: la posibilidad de llevarme La Transversal, Polvo eres, Flor de pasión o los maravillosos Documentos RNE en el iPhone para poder escucharlos en cualquier momento, por la calle o durante un viaje es, sencillamente, impagable.


Bueno, no es exactamente impagable. De hecho, todos los españoles que rendimos cuentas a Hacienda contribuimos con nuestros impuestos a la cantidad y calidad de los contenidos audiovisuales y digitales. Aún queda mucho por hacer, como conseguir que el inabarcable archivo de RTVE sea de dominio público y accesible por internet (el amigo Felipe está moviendo esta iniciativa por redes sociales). En cualquier caso, a día de hoy es casi unánime la opinión de que el dinero que el Estado destina a la financiación de la Corporación está bien empleado o, por lo menos, mucho mejor que hace cinco (o veinte) años.

Aunque no es muy conocida por el gran público, una de las responsables de la mejora de la calidad de los medios públicos del Estado es la de la Defensoría del Espectador, un cargo que ocupa la que fue durante años presentadora de informativos, Elena Sánchez Caballero. Hace tiempo que sigo sus reflexiones y las explicaciones que requiere a diferentes profesionales y departamentos a través de la sección 'RTVE responde' y el programa del mismo nombre que emite La 2 el primer sábado de cada mes, pero hasta ahora no había me había puesto en contacto con ella.


Mi consulta estuvo motivada por la emisión de los anuncios de la campaña 'estosololoarreglamosentretodos.org' en los medios públicos. Después de oír un par de cuñas en mi amada RNE me pregunté a santo de qué la Corporación había accedido a dar espacio a la iniciativa de la recién creada Fundación Confianza. En mi mensaje expresé mi opinión de rechazo hacia una campaña "participada por las cámaras de comercio y las mayores empresas de España". Seguía mi protesta argumentando que "aunque no es publicidad directa de un producto o servicio, la finalidad de la iniciativa es incrementar la facturación de las empresas que la han pagado", para seguir con un "¡Igual que la publicidad!". Terminaba mi protesta comparando las actividades "sin ánimo de lucro" de esta fundación con las de otras entidades similares que se dedican, esencialmente, a realizar y difundir estudios acerca de la salud sexual de los españoles y que, casualmente, están financiadas por las grandes corporaciones que fabrican fármacos contra la impotencia.

Con gran satisfacción, y solo dos días después de haber enviado mi mensaje, esta tarde he recibido la contestación de la propia Defensora, comunicándome que la dirección de RTVE ha decidido cesar la emisión de la campaña. Estoy seguro de que no he sido el único al que parecía que la dichosa Fundación Confianza había conseguido burlar el espíritu 'Sinpubli' que disfrutamos después de 50 años. De hecho, con el mensaje Elena Sánchez ha incluido la nota de prensa que RTVE ha difundido a los medios y donde justifica la terminación de la campaña en los medios públicos que pagamos entre todos.

Aunque no he sido capaz de encontrar el texto del comunicado en la web de RTVE.es, os lo dejo en este enlace por si os interesa conocer las razones que llevan a la empresa a la retirada de esta campaña.

En días como hoy, a mis 27 años, me acuesto con la satisfacción de saber que los impuestos que religiosamente pago año tras año sirven para algo, al menos en este ámbito; que ahora sí tenemos los medios que merecemos; que el viejo sueño de estar más cerca de la BBC que de la RAI está cada día más cerca. Enhorabuena y gracias... compañeros.


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[Las fotos utilizadas en este artículo han sido publicadas y compartidas por sus autores; cada una de ellas enlaza, a modo de atribución, a la página original en flickr de donde las he cogido. Muchas gracias a sus autores por compartirlas.]

03 diciembre 2009

“En defensa de los derechos fundamentales en internet”





Manifiesto “En defensa de los derechos fundamentales en internet”


1.- Los derechos de autor no pueden situarse por encima de los derechos fundamentales de los ciudadanos, como el derecho a la privacidad, a la seguridad, a la presunción de inocencia, a la tutela judicial efectiva y a la libertad de expresión.

2.- La suspensión de derechos fundamentales es y debe seguir siendo competencia exclusiva del poder judicial. Ni un cierre sin sentencia. Este anteproyecto, en contra de lo establecido en el artículo 20.5 de la Constitución, pone en manos de un órgano no judicial -un organismo dependiente del ministerio de Cultura-, la potestad de impedir a los ciudadanos españoles el acceso a cualquier página web.

3.- La nueva legislación creará inseguridad jurídica en todo el sector tecnológico español, perjudicando uno de los pocos campos de desarrollo y futuro de nuestra economía, entorpeciendo la creación de empresas, introduciendo trabas a la libre competencia y ralentizando su proyección internacional.

4.- La nueva legislación propuesta amenaza a los nuevos creadores y entorpece la creación cultural. Con Internet y los sucesivos avances tecnológicos se ha democratizado extraordinariamente la creación y emisión de contenidos de todo tipo, que ya no provienen prevalentemente de las industrias culturales tradicionales, sino de multitud de fuentes diferentes.

5.- Los autores, como todos los trabajadores, tienen derecho a vivir de su trabajo con nuevas ideas creativas, modelos de negocio y actividades asociadas a sus creaciones. Intentar sostener con cambios legislativos a una industria obsoleta que no sabe adaptarse a este nuevo entorno no es ni justo ni realista. Si su modelo de negocio se basaba en el control de las copias de las obras y en Internet no es posible sin vulnerar derechos fundamentales, deberían buscar otro modelo.

6.- Consideramos que las industrias culturales necesitan para sobrevivir alternativas modernas, eficaces, creíbles y asequibles y que se adecuen a los nuevos usos sociales, en lugar de limitaciones tan desproporcionadas como ineficaces para el fin que dicen perseguir.

7.- Internet debe funcionar de forma libre y sin interferencias políticas auspiciadas por sectores que pretenden perpetuar obsoletos modelos de negocio e imposibilitar que el saber humano siga siendo libre.

8.- Exigimos que el Gobierno garantice por ley la neutralidad de la Red en España, ante cualquier presión que pueda producirse, como marco para el desarrollo de una economía sostenible y realista de cara al futuro.

9.- Proponemos una verdadera reforma del derecho de propiedad intelectual orientada a su fin: devolver a la sociedad el conocimiento, promover el dominio público y limitar los abusos de las entidades gestoras.

10.- En democracia las leyes y sus modificaciones deben aprobarse tras el oportuno debate público y habiendo consultado previamente a todas las partes implicadas. No es de recibo que se realicen cambios legislativos que afectan a derechos fundamentales en una ley no orgánica y que versa sobre otra materia.

04 noviembre 2009

[Cómo vivir en una ciudad sin morir antes de tiempo] 1. Ikea



Con esta magnífica foto comienzo hoy una serie de entradas que me salen del alma y que van a estar dedicadas a cómo sobrevivir en la ciudad sin llegar a sufrir crisis nerviosas. Hace pocos días alquilé un piso en Sevilla para establecer en él, durante el próximo año, mi base de operaciones. Está en muy buena zona, céntrica y trendy, en pleno meollo del ambiente vanguardista y cerca de todos los locales de moda de la ciudad. El piso, de poco más de diez años y con garaje en el sótano para guardar mi coche, está medio vacío y poco a poco tendré que ir equipándolo con cosas más o menos necesarias como, así a bote pronto, un tendedero o un cesto para la ropa sucia.

En los últimos meses me he dado cuenta de que hay gente que ha vivido en ciudades grandes desde que nacieron y llevan el aceleramiento dentro del cuerpo sin darse cuenta. Es muy complicado recuperarlos para la causa, así que desisto con ellos. Si es vuestro caso, podéis pasar a otro artículo de mi blog o, mejor, cerrar ya esta página y dirigiros a tuenti, facebook o la página del metro; seguro que todas ellas son más útiles para vuestra vida que leer las tonterías de una persona que ha decidido vivir el día a día más despacio de lo que nos imponen.

Para los demás, sobre todo para la gente de pueblos y ciudades pequeñas que se enfrentan a la vida en una ciudad grande, paso a reflexionar sobre mis movidas... o, mejor dicho, sobre mis paradas. Allá va la primera entrega de "Cómo vivir en ciudad sin morir antes de tiempo".

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1. Ikea: esa cueva de las maravillas inventada por Lucifer para romper parejas y familias.

A todo el mundo le resulta agradable recibir en el buzón el catálogo de Ikea para el año próximo. Cada agosto, un ejército de repartidores recorre las calles de las ciudades que han dado un paso al futuro de la decoración doméstica. Mucha gente, esos desgraciados que viven lejos de estos centros posmodernos de uniformización, se baja el libro de internet o lo compra en los quioscos. En realidad, el catálogo es como un folleto de la cueva de las maravillas o como aquellos folletos de treinta y tantas páginas que nos daban de pequeños en las jugueterías bien entrado el otoño para que fuéramos pensando en qué pedir a los reyes magos con antelación. De hecho, la propia web nos permite redactar e imprimir la lista de la compra, un documento que para cualquier adulto cumple la misma función que la carta a los reyes que cualquier niño escribe allá por noviembre.

Ikea ha conseguido, con su imagen moderna, colorista y llena de orden nórdico, una acogida sin precedentes en cada ciudad en la que ha aterrizado. Todos soñamos con tener una casa como las de los catálogos, con los colores combinados con imaginación y alegría, con cada cosa en su sitio y, además, alcanzar este cielo doméstico por poco dinero. Las visitas a las tiendas se convierten, nada más entrar, en la realización de ese sueño celestial: tenemos que subir siempre unas escaleras para ascender a las alturas y llegar al inicio de un recorrido por el paraíso. Cada rincón, cada recreación de una casa –da igual que sea de un minipiso de treinta metros cuadrados o de un salón de sesenta– nos acoge como si hubiéramos nacido en ellos.

Sin embargo, si nos fijamos, detectaremos enseguida ciertos síntomas de que, como en el paraíso original, el dios sueco nos va a castigar con el infierno si osamos coger cualquier cosa indebida, de esas que no se pueden tocar en la planta alta. Hay un camino que, cual cañada real, nos guía por la tienda sin dejarnos escapar. A lo largo de todo este camino se va acumulando cierta tensión que se muestra de maneras diversas: apuntando de manera compulsiva cosas en la lista de la compra, perdiendo a los acompañantes en cualquier esquina o reaccionando con cierta tirantez y mala gana a las recomendaciones o propuestas de compra que nos hace nuestro acompañante (ya os aviso, y no soy el único que lo dice: es un gran error ir en pareja a Ikea).

Bajar a la planta de abajo es como bajar a los nueve círculos del infierno. Cada sección se convierte en el lugar de castigo para los pecadores-compradores. No es extraño (admitidlo, todos lo habéis visto) encontrar a novios discutiendo, madres riñendo a los hijos, gritos de "¡Voy a matar a mi hija!" como los que escuché esta tarde. En cualquier pasillo hay carros chocando y gente desorientada que no sabe por dónde salir. Son almas desamparadas que se arriesgan, sin saberlo, a vagar por este purgatorio de por vida. El final del tormento, para los afortunados que lo encuentran, tampoco es agradable: justo antes del almacén industrial hay una puerta que escupe carros de la compra que sirven para transportar los muebles de las estanterías y que tienen una altura perfecta para que el que viene por detrás de ti en la interminable cola para la caja te destroce, con sus embestidas, los tobillos o las pantorillas mientras esperas pacientemente tu turno para el desplume.


Si conseguís terminar este recorrido por la Divina comedia, saldréis seguro con cien euros menos en la cartera o en la tarjeta y os dirigiréis, creyendo que ha terminado el calvario, al aparcamiento. Ilusos... ahí os espera la guinda: encontrar el coche en un parking tan grande como la estepa rusa, meter todo en él sin romper nada (ni a nadie), dejar el carro en su sitio y salir del centro comercial por carreteras llenas de coches conducidos por gente estresada que deja escapar la ansiedad conduciendo de manera agresiva. Casi con seguridad y por un misterioso motivo desconocido para mí, la vuelta coincidirá con una hora punta del tráfico, con lo que llegar a casa se puede convertir en la gota que colme el vaso infernal del divorcio, del ataque de nervios o del parte amistoso de accidentes.

Si aún así habéis sobrevivido a todo ello, todavía os queda enfrentaros al montaje de los muebles, un proceso que a algunos les resulta entretenido (reconozco que a mí, en el fondo, me gusta) y a otros les puede sumir en una profunda depresión post traumática.

Con todo, es posible llegar al final de este viaje. Os lo aseguro: aunque lo veáis difícil, se puede superar todo este via crucis y no perecer en el intento. Es un proceso de selección donde, como les pasa a los japoneses en Humor amarillo, sólo llegan indemnes los mejores. Con todo, aún os queda la peor parte de todas: la de descubrir, con verdadero horror, que aquella idea genial que tuvisteis para redecorar vuestra vida o para fundar la república independiente de vuestra casa es exactamente la misma en la casa de tu vecino, de tu primo, de tu cuñada o de un amigo que dejaste en Amsterdam.

Ahí es donde reside la verdadera prueba de fuego. Asumir, en cada visita a otra casa cualquiera, que eres una oveja que sigue el patrón de la moda urbana y despertar del sueño de creerte único es un parto dolorosísimo que sólo los más fuertes son capaces de resistir.

Moraleja: si quieres sobrevivir en Ikea, cómprate el tendedero en el chino de abajo. No digo más.

02 junio 2009

Martirio sobre ruedas (pinchadas)

No, no es que la gran Maribel Quiñones vaya a presentar su último disco sobre una carroza en la cabalgata del Orgullo sevillano (anda, ¡qué buena idea acabo de tener! ¡Voy a registrarla antes de que se le ocurra a algún genio!). 

Mi martirio es algo diferente, mucho más parecido al que Astérix y Obélix pasaron en su octava prueba.


Como sabéis, vivo en una ciudad que se las da de sostenible, ambiental, moderna y –por si no fuera poco suplicio eso– además es completamente llana. Vamos, que con cuatro duros que se sacaran de acá y otros tres de acullá a cualquiera se le ocurriría convertir a Sevilla, ciudad milenaria y de misa de ocho, en una mezcla de Nueva York, Barcelona, Ámsterdam y El Rocío. Aprovechando el perfil llano del asunto, a algún genio se le ocurrió que no podíamos ser menos que otras ciudades y teníamos que contar aquí con un sistema público de alquiler de bicicletas, que luce mucho cuando te visita ora un primer ministro, ora un gurú ambiental que se las da de haber sido "the next president of the US"

El cómo hacer que el sistema funcione, sin embargo, no parece tan fácil. Bueno, siempre se puede convocar un concurso público por 92 milloncejos de nada (15.307 millones de pesetas, ¡quince mil!) a pagar en veinte años, que malo será que con semejante taco el sevillano infiel no se convierta a la nueva religión de las apariencias verdes y el todoterreno para recoger a los niños del cole en el garaje. 

De las dos empresas que existen en este sector tanto da Juana como su hermana, pero había que adjudicárselo a una y así nació, de la mano de JCDecaux, nuestra amada Sevici, el inicio de un martirio que para ni los propios romanos invasores habrían querido para las mismísimas Santa Justa y su hermana desposeída Santa Rufina



La verdad es que, a ojos de un turista, el invento no puede lucir mejor. ¡Qué gusto da pasear a pie por tanta senda verde y que pasen miles de personas tocando sus brand-new timbres para que nos apartemos! 


Ahora que, como usuario habitual, el tormento es de los de primera división. Que si esta bici está pinchada, que si la otra tiene la cadena fuera de su sitio. Estaciones con tres bicis ancladas que el sistema no reconoce y no suelta ni a tiros, otras a rebosar, llenas tras la comida y que no admiten ni una bici más de lo hartas que se han quedado. Postes de información que no se conectan con la red, bornetas (¡bornetas, esa palabra!) maliciosas que le dicen al sistema que te dejan la bici pero que no la sueltan ni pa'trás... Desde los años de la Inquisición del castillo de san Jorge no se había visto tanta maldad tan poco disimulada en Sevilla.

Sin embargo, con la habitual resignación de quien se sabe habitante de la ciudad del quiero y no puedo, la mayoría de borregos ciclistas no se paran a pedir que mejore (o que funcione mínimamente) el sistema. Hete aquí que este bloguero, que se viene arriba a la primera de cambio, un día explota y decide pasar a las armas y jugar con las pocas bazas de que dispone: un móvil modernito como escudero y el recurso a la pataleta de las hojas de reclamaciones. 

En el día de ayer me acerqué, gracias al GPS de mi móvil, a donde Cristo perdió el mechero (qué andaría haciendo, el muy colgao, más allá de Torreblanca) todo ufano a poner por escrito mi rabia. 

Empecé mi relato en dos hojas, contando dos casos en los que los dichosos postes no me habían dado el resguardo donde pone el número de abonado y el servicio de atención al cliente, una línea 902, no puede dártelo hasta día y medio después (eso pasa por intentar hacer algo un sábado por la tarde: "vuelva usted el lunes a primera hora, caballero"). Por cada uno de ellos pedí 0,71 euros, equivalentes a un día de abono perdido.

Continué con una pataleta metafísica y matemática: si existen 250 estaciones y durante la semana santa, que Dios nos permita seguir disfrutando muchos años, me cierran sin avisar 13 estaciones durante ocho días, me deben ustedes, señores gabachos concesionarios, otros 26 céntimos. Y cuando iba a seguir para protestar por dos casos de rebeldía bornetera va el libro de reclamaciones y se queda sin hojas. 

¿Y ahora qué hago? Ir al ayuntamiento a preguntar qué se puede hacer. De allí, a la Policía Nacional. De los antiguos grises, a los modernos municipales de la Alameda, que me indican que si una empresa no tiene hojas de reclamaciones tendría que haberlos llamado para que ellos en persona certificaran tal hecho. 

Lleno de sed de venganza al alba del día de hoy, a las 8.20 estaba ya plantado de nuevo donde Jesús dio las tres voces para sorprender al enemigo en su sueño profundo. Efectivamente, no les había dado tiempo a proveerse de libro de reclamaciones y, siguiendo instrucciones del Cuerpo, llamé a la comisaría del distrito siete y al cabo de hora y media ya tenía interpuesta denuncia de tal infracción administrativa, con su resguardo y todo. Nada menos.

Total, que con el enemigo tocado pero no hundido, estoy a la espera de poder continuar con mis dos reclamaciones en sendas hojas oficiales y de recibir en el plazo de diez días contestación a mis demandas estimadas en... 1,68 euros.

Y ahora, queridos niños, quien se atreva a decirme otra vez que después de dos años en Zaragoza no se me ha pegado nada de los maños que se siente el sábado a ver Cine de Barrio. Con suerte, quizá repongan por enésima vez la genial Don erre que erre, de Paco Martínez Soria. Si no, llamadme y os la cuento, que la tengo muy fresca.

Amén.